Beatriz Puerta. Experta en protección de personas defensoras, con una perspectiva integral y feminista. En esta edición facilitó los espacios de reconocimiento, análisis de seguridad y mecanismos de protección, y cuidados.
Defender la cultura es defender la identidad, la lengua, el arte y, también, la memoria colectiva. Los derechos culturales forman parte de los derechos humanos universales y, por tanto, defender unos significa defender los otros. Y defenderlos también implica proteger a las personas que los preservan.
En un contexto global marcado por conflictos, autoritarismos, crisis climática, desinformación y discursos de odio, quienes defienden los derechos culturales sufren criminalización, estigmatización o persecución. Lo que puede conllevar un desplazamiento forzado o la pérdida de la vida. A pesar de las amenazas, siguen resistiendo, tejiendo redes y acompañando a sus comunidades, mientras imaginan futuros libres de cualquier tipo de violencia.
Aunque su papel es fundamental, las personas defensoras de los derechos culturales son invisibilizadas, especialmente en contextos de conflicto y colonialismo. Al preservar identidades, que son todas aquellas lenguas, artes y memorias, sostienen la dignidad colectiva y mantienen viva la posibilidad de un cambio de paradigma. En este marco, la IV edición de la Escuela de Defensoras ofrece un espacio de encuentro y formación para personas defensoras de Colombia, Palestina, Kurdistán y Filipinas, fortaleciendo sus herramientas de resistencia y entrelazando sus experiencias con las de otras defensoras.
En Colombia, el arte y la cultura han sido pilares fundamentales para construir memoria y paz. También para acompañar los procesos de reconciliación y reparación. En un país atravesado por más de 50 años de conflicto armado interno, estas expresiones no solo narran el dolor de la guerra, sino que sostienen la resistencia colectiva y la exigencia de verdad y no repetición.
Mario Alejandro Ochoa es defensor de los derechos culturales. Maestro titiritero y gestor cultural con más de 25 años de experiencia, cofundó el colectivo Caracol Amarillo, desde donde ha impulsado procesos de creación escénica que integran títeres, técnicas mixtas y comparsas. Su trabajo ha estado orientado a acompañar a comunidades en situación de vulnerabilidad, ofreciendo espacios de expresión y fortaleciendo el vínculo entre arte, dignidad y resistencia.
“El mundo sin arte no es mundo. A través del arte se expresa todo lo que es el ser humano: lo bueno y lo malo”.
La reflexión de Ochoa se sitúa desde su contexto como persona exiliada en Catalunya. Desde el exilio, utiliza los títeres como herramienta de cambio social, abriendo conversaciones sobre construcción de paz, conflicto e identidad. Y pone el valor el papel de las personas migrantes y exiliadas como creadoras culturas en un entorno que sigue sin reflejarse de manera proporcional en la cultura institucional.
Para Ochoa, el arte —y en particular el teatro de títeres— va más allá del entretenimiento: permite generar conciencia y crear espacios de encuentro entre realidades y luchas que se repiten en distintos territorios. Y destaca cómo espacios como la escuela le han permitido conectar con otras experiencias y reconocer el arte como un actor de primera línea en la transformación social.
Beatriz Arévalo Poveda es defensora cultural. Durante su trayectoria, ha tejido su camino artístico con una profunda vocación social y un compromiso firme con la defensa de los derechos humanos. Su labor se ha centrado en el acompañamiento de personas jóvenes en situación de calle, con trastornos por usos de sustancias u otros procesos de justicia social. Allí, el arte funciona como un puente para la escucha, el reconocimiento y la construcción de nuevos horizontes.
“El proceso creativo en el exilio es difícil y doloroso. Sabe a ausencia, a tristeza y a soledad. Sabe a recuerdo, pero también es bonito, porque a través de la cultura se convierte en un momento de encuentro”.
También desde su exilio en Catalunya, la experiencia de Arévalo expone una realidad compartida por tantas otras personas migrantes. Para ella, la creación cultural no es solo una forma de resistencia, sino también un espacio seguro de cuidado y comunidad.
Arévalo no se define como artista, sino como trabajadora del arte, ya que durante muchos años ha acompañado a adolescentes en situaciones vulnerables, utilizando el arte como herramienta pedagógica y de acompañamiento. Sobre su experiencia en el espacio de la escuela, señala que estos encuentros han sido muy significativos y que en ellos se genera una cohesión cultural basada en el intercambio.
La defensa de los derechos humanos llevada a cabo por Ochoa y Arévalo, les llevó a su exilio en Catalunya. Hoy, continúan desde el otro lado del océano con su arte desde la Asociación Construyamos Paz – ACONPAZ. Allí, trabajan junto a otras víctimas del conflicto armado colombiano, artistas y activistas para denunciar la violencia, preservar la memoria histórica y fortalecer la cultura de paz.
Luis Eduardo Jiménez Barco es actor, músico y cofundador de la compañía El Teatro Vive, en Palmira, Valle del Cauca. Creada en 1992, la compañía promueve la dramaturgia y la actuación comprometida con la transformación social. El defensor, formado en teatro y filosofía, ha desarrollado obras que combinan la actuación naturalista y el expresionismo para abordar temas ético-políticos y antropológicos.
“El teatro es resistencia, puede transformar y tenemos que resignificarlo diariamente”.
En Colombia, quienes han representado problemáticas sociales y políticas, han sido objeto de censura, persecución, desplazamiento forzado y asesinato. También quienes han estado —y están— vinculados a procesos de cambio social como los estudiantiles, campesinos, indígenas y sindicales. Durante el estallido social de 2021, el arte se consolidó como una herramienta de denuncia frente a las violaciones a los derechos humanos.
Desde la compañía de la que forma parte, el teatro no se entiende solo como expresión artística, sino como una práctica al servicio de la comunidad. A través del trabajo en barrios y comunidades que han sufrido el conflicto social y armado en zonas rurales —como Tuluá y Buga—, el teatro se ha convertido en una herramienta para reconstruir el tejido social. En estos espacios, la escena ha permitido relatar lo vivido, proyectar los deseos colectivos y generar encuentros donde pueden expresarse sentires, pensamientos y sueños de las comunidades.
En Palestina, la cultura ha sido una herramienta esencial de resistencia y preservación de la identidad frente al genocidio que ejerce el estado de Israel. A través de la música, la danza, la literatura y otras expresiones artísticas, el pueblo palestino mantiene viva la memoria. Esta es una de las herramientas de resistencia mediante la que defienden sus derechos, sosteniendo la dignidad y la esperanza frente a décadas de violencia, represión y ocupación.
Shaden Qous es defensora de los derechos culturales. Bailarina, coreógrafa, estudiante de derecho y activista afro-palestina, formada en la danza tradicional Dabke y la contemporánea. Es integrante del Popular Art Centre y la compañía El-Funoun, donde fusiona tradiciones africanas y levantinas para crear un estilo que refleja su herencia y conciencia política. Además de la danza, pinta murales en Jerusalén que desafían la criminalización de la cultura palestina.
“Cuando miramos la ocupación en Palestina, vemos que no se parece a ninguna otra experiencia de ocupación en el mundo. Ha llegado a borrar la tierra y a su gente, su cultura, su historia y sus memorias”.
Esta realidad se refleja en décadas de desplazamientos forzados, demoliciones de viviendas, control militar del territorio, restricciones a la movilidad y ataques sistemáticos contra la población civil. Escuelas, hospitales y espacios culturales han sido destruidos, lo que afecta la vida cotidiana y el derecho del pueblo palestino a existir.
Qous habla de la idea de que como palestinas tienen la responsabilidad de mantener su historia, su cultura y su identidad. Y no solo desde la resistencia armada, sino también desde la artística y la educativa. «Pero no es solo una responsabilidad del pueblo palestino, sino de cualquiera que apoye a la humanidad». En este sentido, la defensora afirma que el Dabke también ha sido objetivo de la ocupación israelí, ya que las canciones que se usan son revolucionarias y por ser una tradición de la herencia palestina que usa los movimientos de la vida diaria en colectivo. Ese el el mayor temor de la ocupación —dice la defensora—, «que nos encontremos entre nosotras».
En Filipinas, la cultura cumple un papel central en la preservación de la identidad y la resistencia frente a la violencia estatal y la colonización. A través del arte, la escritura y las tradiciones, las comunidades defienden sus territorios ante el extractivismo y la criminalización. Defender la cultura se convierte en un acto de resistencia que fortalece la búsqueda de justicia social.
Faye Cura es defensora de los derechos culturales y fundadora de Gantala Press, una editorial feminista independiente. Ubicada en Quezon City, dentro de Metro Manila, Gantala centra sus publicaciones en la literatura escrita o narrada por mujeres y vinculada a la defensa de los derechos humanos. Cura también es escritora y editora. En el catálogo de publicaciones de la editorial se encuentra una antología que reúne testimonios de mujeres sobrevivientes y víctimas de la “guerra contra las drogas” del expresidente Duterte y un poemario de artistas palestinas.
“La cultura es creativa y productiva; no es violenta ni agresiva, y es profundamente sanadora”.
En Filipinas, artistas, escritoras y gestoras culturales han asumido la creación como un compromiso con sus comunidades. En este contexto la cultura se entiende como un servicio colectivo que acompaña, repara y fortalece la dignidad de los pueblos frente a la violencia estructural.
Para Cura, la cultura es importante porque es una forma de vida. «Es como mi gente vive, respira, es cómo piensan, cómo miran el mundo». También es una manera de resistencia noviolenta ante las fuerzas que tratan de silenciar y oprimir a los pueblos y comunidades. Un ejemplo en Filipinas es como a las comunidades indígenas se les está echando de sus tierras a causa de los intereses de las corporaciones multinacionales que, no solo destruyen el territorio, sino que desplazan a la población y borran su identidad. Por ello, para para la editora, la cultura en sus formas colectivas de expresión y escritura que cuenten lo qué ocurre y por qué, es el mayor camino de resistencia del pueblo.
En Kurdistán, la cultura es un acto de resistencia frente a décadas de represión y persecución. En Turquía, el idioma kurdo ha sido, histórica y sistemáticamente, uno de los principales focos de represión. De hecho, durante la mayor parte del siglo XX, el Estado turco lo prohibió por completo como parte de una política de asimilación más amplia destinada a consolidar una identidad nacional singular. Aunque hubo un fin formal de la prohibición a mitad de la década de los 2000, el kurdo sigue estando muy restringido y el legado de décadas de prohibición todavía condiciona la lucha política por los derechos lingüísticos en la actualidad.
Berivân Kiran es defensora de los derechos culturales y de la lengua kurda. También es asesora en la Gran Asamblea Nacional de Turquía y trabaja en el Partido Popular por la Igualdad y la Democracia (DEM). Nacida en Mardin y residente en Ankara, combina su labor institucional con el activismo social y la preservación de la lengua y la cultura kurda.
“La cultura kurda es un símbolo muy fuerte en la lucha por la identidad. La lengua kurda es la base de la identidad de todo un pueblo”.
La lengua kurda es un archivo vivo de saberes, afectos y formas de nombrar el mundo, transmitido de generación en generación a pesar de la represión histórica. En Kurdistán, defender la lengua es defender la memoria colectiva y la identidad de todo un pueblo.
Kiran defiende la cultura como un ritmo diario: la comida, las fiestas, las bodas. Para ella, estas prácticas fortalecen tanto la identidad personal como la colectiva. «Los derechos culturales son el derecho de una persona o de un pueblo a vivir y expresar libremente su lengua, su arte, sus tradiciones y sus creencias». Y defiende que estos derechos son colectivos, no individuales; porque un pueblo —afirma—, solo puede sobrevivir cuando conoce sus derechos y protege su identidad.
Beatriz Puerta. Experta en protección de personas defensoras, con una perspectiva integral y feminista. En esta edición facilitó los espacios de reconocimiento, análisis de seguridad y mecanismos de protección, y cuidados.
Alfons Martinell. Experto en políticas culturales y cooperación internacional, profesor jubilado y fundador de la Cátedra UNESCO de Políticas Culturales y Cooperación, aportó una mirada sólida y crítica sobre los derechos culturales, conectando el marco conceptual con las experiencias de las defensoras.
Marta G. Otín. Artista pedagoga y directora artística de Arsènic, Espai de Creació, trabaja el teatro como herramienta educativa, comunitaria y de transformación social, y lideró las sesiones creativas de la Escuela con una metodología participativa y centrada en los procesos colectivos.
Jordi Casado. Dramaturgo, director escénico y creador vinculado a las artes escénicas contemporáneas, con una trayectoria centrada en la dramaturgia social y los procesos colectivos. En la Escuela asumió la narración y la dramaturgia del proceso, transformando las vivencias y voces de las participantes en un relato escénico compartido, como herramienta de memoria, expresión e incidencia cultural.